Las características del político exitoso son una combinación de audacia, astucia, inteligencia y circunstancia. Si falta uno de estos elementos, la carrera del político no llegará a buen puerto, e incluso podría naufragar. Pero debe aclararse: audacia pero sin ser temerario; astucia, pero sin faltar a sus propias convicciones; inteligencia, pero sin soberbia; circunstancia, pero sin quedarse con los brazos cruzados. Hay que crear la circunstancia, en lugar de que nos dejemos arrastrar por ella. El buen político sabe que, como lo decía Séneca, “la vida es milicia”, de forma que ninguna batalla es nunca la última batalla, sino la que simplemente antecede a otra. Hasta que no está en el cementerio, tres metros bajo tierra y con una solitaria flor sobre su tumba, un político de éxito puede considerarse muerto. Antes no. Aquellos que hoy arrojan vivas y se han convertido en los festinadores de la victoria, pueden (más temprano que tarde) ser los amanuenses de los obituarios de sí mismos. En distinguir lo uno y lo otro no sólo radica la audacia, la astucia, la inteligencia y el aprovechamiento de la circunstancia, sino, más aún, la grandeza de este arte.

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